Los caminos de la serpiente Tres formas de la experiencia religiosa Por Esteban Ierardo

Los caminos de la serpiente Tres formas de la experiencia religiosa Por Esteban Ierardo 1. Tres caminos. De una u otra forma, todo es religioso. Siempre, y desde cierto punto de vista, el hombre es animal determinado por fuerzas que lo exceden. Si esas fuerzas son veneradas desde la alegría o el temor, nace alguna forma del sentimiento religioso. Friedrich Schleiermacher definió lo religioso como “el sentimiento de una dependencia” frente a una fuerza absoluta. Pero esa fuerza no es sólo la de dios o los dioses de las religiones monoteístas o paganas respectivamente. Esa fuerza excesiva que atrae son también otras formas más laicas o seculares. La fuerza que despierta adoración y dependencia puede ser el dinero (como deseo de la riqueza ilimitada); o la fuerza que nos excede es deseo de imitar esa fuerza en términos de deseo y acopio de poder político, económico o militar; o la fuerza excesiva a adorar es la raza, la ley jurídica o científica; o la clase social, o la santidad de la tradición. Diversas formas de una “religión” como veneración del exceso. Pero, junto a su ramificación secular, en un sentido estricto lo religioso sigue siendo la creencia en alguna forma de contacto con lo divino, entendiendo lo “divino” como suelo, fundamento u origen de la realidad. Lo religioso arquetípico, el deseo de inmersión en la realidad original. Pero el deseo de realidad, y el psicoanálisis lo sabe bien, no garantiza el encuentro con lo real. En este contexto, propondremos un ensayo breve en torno a tres variantes de lo religioso. La primera variante la encontraremos en un tipo de proceso de pensamiento vigente en las religiones organizadas e institucionalizadas, en las que Dios es garantía dogmática del orden y la verdad. Es la creencia en Dios como Señor de un castillo donde refugiarse de la incertidumbre y el desconocimiento. El Dios Padre que protege a sus hijos del mal. La segunda variante es la apertura a un fondo abismal de la vida frente al que no existe ninguna garantía de comprensión racional. En su fondo, la vida es nada incognoscible, inefable. Pero nada mística, una fuerza ilimitable. No es la nada occidental; es decir la decapitación del sentido. El desierto destruyendo los jardines. En el bosque de lo religioso ancestral, éste es el sendero de lo místico. Pero sospechamos que la intuición de la nada como fondo irrepresentable acontece en la sensibilidad del artista; en particular, en cierto tipo de arte abierto a lo intenso y sublime. Este segundo camino no se encadena ya a la idea del único dios verdadero. La única divinidad que Nietzsche impugna en su famosa proclamación de la muerte de dios1. Y un tercer camino, con otra variante, ésta inesperada, de lo religioso. La paradoja de un ateísmo religioso: un ateísmo que rechaza el dios personal, inmóvil, definitivo, que manipula las iglesias; pero que, tras la negación, puede acceder a una afirmación de la vida como fondo abismal carente de dios, pero no de divinidad; carente de un dios revelado, pero no de una posible dimensión de abismo que no pude ser reducida ni a la razón analítica ni al dios de los libros sagrados. Tres posibles creencias, tres caminos de la serpiente religiosa, ayer y hoy, obsesionada por el sentido. 2. La creencia que protege. Una vez, un hombre de fe soñaba cerca de la capilla de un convento. En el sueño, un dios cansado decidió retirar el mantel. Una tela ilimitada que cubría el mundo. El mantel es estable, un suelo sólido, sobre su extensión los hombres tejen creencias en las que apoyarse y vivir: los valores estables que organizan las sociedades y sus leyes; la creencia en el único Dios salvador. Pero al retirar el mantel todo vuelve a su faz original, a la desnudez del origen; a la vida como fondo abismal. Ahora, lo real debajo del mantel se hace movimiento imprevisible, indeterminación, convulsión, grietas. Abismo. Ahí es el origen. El enigma del origen. El enigma quizá para el propio dios creador. En el sueño del sacerdote, los hombres no pudieron soportar la realidad debajo de las creencias de orden tejidas en el mantel. Por eso, piadoso, el dios cansado volvió a extender el mantel, para que los hombres recuperaran el placer de tejer ahí los hilos del orden. Su creencia, por ejemplo, en un dios de la certeza y el consuelo. El orden como fundamento para las culturas, y como aljibe de valores estables. El orden no de lo real en sí sino de la realidad construida por la mente humana para aislarse del contacto con el fondo abismal. Para cierto tipo de mente religiosa, la certeza edificada sobre el olvido del trasfondo desconocido de la vida es una creencia necesaria2. La creencia en alguna forma de orden permite lo humano. Es cierto. Pero la confianza en alguna forma de orden que abre mundo y civilización, no significa que la vida se desligue del trasfondo que permanece no conocido. El fondo: región de misterio. La mente religiosa del orden y la certeza admite a veces el misterio. Pero en la práctica obra según el paradigma de la verdad ya revelada. La religión de la verdad revelada (arquetípicamente los monoteísmos: cristianismo, judaísmo, islamismo) ayer y hoy es enemiga de los abismos. El culto a la certeza separa de lo abismal; actúa como refugio y protección ante nuestro desconocimiento casi completo de lo que pueda ser lo real3. Y los beneficios del orden protector pueden ser tan intensos que deben ser protegidos de la crítica o la modificación. De este impulso defensivo, brota la creencia en el dios inmóvil y la psicología del dogma. Defensa ante lo real desfondado, defensa de la que participa la tradición como tesoro de creencias y enseñanzas que son de una vez y para siempre. Esta construcción de lo divino encolerizó a Nietzsche. Su incitación al asesinato de dios es acto liberador respecto al dios sin abismo. El dios de una isla pequeña de seguridad, rodeada por un mar abismal no conocido. Frente al encierro en la isla es necesario recuperar el horizonte abierto, las amplitudes de alta mar, la travesía en lo incierto. Recuperación de lo infinito como extensión de lo indescifrable e inabarcable5. Se debe sepultar el dios que ha sepultado la experiencia del fondo abismal que escapa a los poderes lógicos o conceptuales del lenguaje, o a las parábolas del texto bíblico. De la muerte del dios inmóvil, del bien y mal eternos, depende la música libre. La música misma es libre porque, en su ejecución, trasciende la palabra y la imagen. Esa libertad, ya lo dijeron Schopenhauer, los románticos y Nietzsche, nace del fondo mismo. Pero para ser ejecutante de esa música el humano tiene primero que sacarle la batuta al dios de un sonido superficial. ¿Y la muerte de ese dios como cancelación de lo divino teísta, del dios como persona, sería también la muerte de lo divino como experiencia de lo abismal? Seguramente no. No en vano el filósofo del martillo terminó gritando ser el último discípulo de Dioniso, el dios cumbre de una religiosidad pagana abierto al ser como abismo6. El catolicismo, el cristianismo en sus distintas variantes (protestante, evangélico, ortodoxo oriental) siguen venerando el orden revelado, una música sin conciencia de abismos. Pero otro tipo de oído religioso acaso escucha otra música. Por debajo de las iglesias y sus órganos… 3. El artista y el ateo. La razón es promesa de pérdida cuando quiere fundamentarse a sí misma. Si lo racional busca su causa o fundamento último, la posible causa A, demanda una causa anterior B, y otra C… regresión al infinito. Y si la realidad sin fondo fuera pensada como causa última del mundo conocido, esa causa demandaría también una causa B y C… nuevamente la fuga en la regresión infinita. Y si el fondo como hipotética causa es fuga o desplazamiento inagotable, entonces el intelecto, dominado por las regresiones, no podrá respirar aunque sea brevemente en ese fondo escurridizo. Quizá esto sea señal de que sólo una experiencia emocional como la del arte o de cierto fervor religioso puede trascender el límite racional y acariciar, en un soplo efímero, el fondo que escapa a la verdad revelada de las religiones monoteístas ancladas en sus libros sagrados. El fondo quizá se derrama en un acto fugaz en la intensidad emotiva de la oda o el himno poético (a la manera de un Whitman, Dylan Thomas, un Blake, o del heterónimo Álvaro de Campos de Pessoa), o a través de la pintura abstracta que sugiere un fondo fuera de las imágenes del mundo conocido (como en Kandinsky, Mondrian, Malevich, Newman, Rothko, Tanguy o Matta). El encuentro fugaz de cierto arte con el fondo abismal es un posible estado religioso. Religiosidad secular sin dios (entendido como el dios personal cristiano). Pero ese estado es individual, no talla lo público o lo colectivo. Frente a esto, las religiones institucionales, ayer y hoy, modelan comportamientos que dan un sentido de pertenencia grupal, un beneficio de protección emocional ante lo desconocido y lo adverso; y una promesa de plenitud. Una esperanza. Pero el precio a pagar es alto: es la expulsión de la incertidumbre del mundo; es el olvido de la finitud real (no como declamación retórica) de nuestro saber, y de la posibilidad de que lo real (o como le queramos llamar) descansa sobre otros paradigmas de espacio, tiempo, conciencia o materia no manifestados, y sumergidos aun en lo desconocido abismal; sin que esto suponga negarle un conocimiento real al actual paradigma espacio-temporal explorado por la ciencia. La mente o la creencia ordenan un tipo de realidad, sobre el olvido de lo desconocido abismal. Y la sospecha de ese fondo no surge sólo de cierto tipo de emoción estética hímnica o sublime. Otro camino se abre quizá desde un claro inesperado: desde un sendero por el cual Cioran, Nietzsche, Bataille, Foucault o Borges, podrían convertirse en paradojales ateos religiosos. Paradoja central del ateísmo: lo ateo se petrifica cuando sólo es reacción defensiva; cuando sólo es negación de la religión institucionalizada, signada por una voluntad de dominio de lo verdadero y por la pretensión de que ésta se derrame e imponga. Negación de la religión del dios padre, de la ley inmutable, del temor a su castigo, de su rol que protege y salva. El primer territorio del ateísmo es su negación de la creencia, creada por el hombre, en un dios como ley del Padre que protege de la incertidumbre, del abismo y la amenaza del no saber. Pero el ateísmo se hace prisionero de su reacción si no se supera; si no salta, casi hegeliana y dialécticamente, de la negación a alguna forma de nueva afirmación. El ateísmo trasciende su primera fase, y se supera, si aprende a danzar en una tercera variante: si va más allá de la negación de Dios (el dios del que antes Nietzsche pedía su muerte) para recuperar la realidad atravesada por el ritmo de su trasfondo abismal, cuyo conocimiento final no nos lo puede revelar ningún dios que le hable al hombre. Paradoja de un posible ateísmo religioso. Centinela, como cierto arte, del fondo, que ayer y hoy, se escurre entre las páginas de los libros sagrados. ___________________ 1. Ver F. Nietzsche, La gaya ciencia (Die fröhliche Wissenschaft), aforismo 125. 2. En un sentido amplio la creencia es que lo atribuye realidad objetiva a supuestas realidades (dios, el bien, la inmortalidad) que escapan a comprobaciones repetibles y válidas para todos. La creencia es construcción subjetiva. El olvido de este proceso conduce la falsa identificación entre creencia y una realidad en sí que se revela en su significado esencial (como lo “real” que se apoya en el texto bíblico). 3. La religión es creencia. Y la ciencia es conocimiento real de lo real físico (no creencia). Pero se convierte también en creencia cuando abandona el campo de la descripción de procesos físicos plenamente demostrables para pretender decir cuál es sentido de la vida (un materialismo por ejemplo, que niega la autonomía de lo mental o espiritual). Cuando cierto tipo de ciencia quiere reemplazar a la religión en el privilegio de dar la palabra última, también desconoce el fondo abismal. 4. El dogma, claro, no actúa sólo a nivel de refugio emocional sino también como instrumento de legitimación de los intereses de afirmación de la religión como institución en términos de poder. 5. Ver aforismo “Nuestro nuevo infinito”, en F. Nietzsche, La gaya ciencia aforismo 374. 6. Ver Paul Valadier, Nietzsche y la crítica del cristianismo, Madrid, ed. Cristiandad.

Visitas: 15

Etiquetas: Esteban, Ierardo, Los, Por, Tres, caminos, de, experiencia, formas, la, Más...religiosa, serpiente

Comentario

¡Tienes que ser miembro de CESA - Centro de Estudios Sociales Argentino para agregar comentarios!

Participar en CESA - Centro de Estudios Sociales Argentino

© 2013   Creado por Juan del CESA.   Tecnología de

Insignias  |  Informar un problema  |  Términos de servicio