Por Sandra Russo
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Cuando Eduardo Duhalde llegó a presidente, después del verano ardiente del 2002, puso orden. Su llegada al poder fue la consecuencia de una escena de la que él fue un constructor. No sólo por
haber fogoneado los saqueos en el conurbano para darle un empujón a De
la Rúa (que por otra parte se hubiera ido igual con sus 39 muertos en la
conciencia), sino desde antes, sobre todo desde antes. Duhalde ayudó a
construir esa escena también por haber sido uno de los principales
protagonistas de las políticas neoliberales que implantó el menemato.
Cuando se reformó el Estado por ley, cuando se lo achicó, cuando se
decidió trasladar al poder económico, al mercado, la brújula de la
democracia, Duhalde era vicepresidente. De modo que cuando llegó a
presidente también puso orden en lo que había colaborado a gestar, ese
Conurbano que era una brasa de rabia contenida, la trampa cazabobos para
los excluidos de todo el país. Lo que antes habían sido las villas de
emergencia quedaron congeladas en la pobreza estructural. Desde pueblos
fantasma del interior, ya devastados por las privatizaciones
generalizadas, llegaban los desesperados. Pero nunca pudieron ingresar,
sólo asentarse.

Si Menem era la versión un poco libertina del paisaje neoliberal, Duhalde fue siempre la versión cuáquera, la que podía sostener un hombre casado con Chiche. Menem declaró el sorprendente “Día del Niño No
Nacido” para hacer rosca con el Vaticano, pero ahí salió poco después su
ex esposa, a la que había echado de Olivos, relatando el viejo y
doloroso recuerdo de un aborto. Menem inflaba su fama de mujeriego y
coqueteaba con las divas de la televisión. Mirtha Legrand le decía: “Las
mujeres se vuelven locas por usted” y él se reía, cachondo, mientras
una decena de actrices y vedettes se jactaban de visitarlo en privado.

Los Duhalde siempre fueron otra cosa. Pareja estable, vida en familia, hija con vocación religiosa, rectitud. Boliches que cerraban a las tres de la mañana. Padres al tanto de dónde están sus hijos pero no
por onda, por sospecha. Sospechar lo oscuro del otro es inherente a esa
subjetividad que hace pie en la “rectitud”: por eso en el reciente
debate sobre la Ley de Matrimonio Igualitario, Chiche se preguntaba si
no empezarían casándose personas del mismo sexo para después habilitar
otras yuntas muy raras, de tío con sobrina, por ejemplo. A este tipo de
gente se le pasan cosas muy rebuscadas por la cabeza.

Georges Bataille decía que no hay peor perversión que la abstinencia–, y aclaró que lo escribió con vuelo poético, para que no se malentienda. Pero es que el abstinente de experiencias, de impulsos, de
deseo, generalmente está enojado. La gente muy recta tiene cara de
culo.

Hay en esa pulsión que luego derivará en la mano dura una predisposición al control. Políticamente, eso recorre una zona social que es a la vez una zona individual, el área privada del miedo. Eso está
presente en cada uno, basta escuchar lo que dicen los automovilistas
embotellados en Buenos Aires y que son la larga nota que se ve todas las
tardes en los canales de noticias: no es que uno no comprenda lo
insoportable que es estar embotellado porque las calles están cortadas
por protestas. No pedir represión a las protestas sociales no implica
estar de acuerdo con todas ellas, y mucho menos ahora, en estos días,
cuando algunas parecen coreografiadas para los apetitos políticos de
Duhalde. Pero entre lo insoportable, entre el mal humor o la irritación,
y el “hay que matar a todos estos negros de mierda”, hay un trecho
importante. Tanto, que es el que mide nuestro grado de civilización.

No son los hombres y las mujeres encerrados en sus autos los únicos o más destacados exponentes de nuestro grado de civilización. Nunca se ha asociado esa construcción mediática del automovilista como sujeto
habilitado para exabruptos de todo tipo, con otros exabruptos que
terminan en accidentes de tránsito. El uso obsesivo e iracundo de la
bocina quizá sea el rasgo distintivo de este tipo de sujetos, que son
los mismos que taponan las bocacalles cuando el semáforo ya está rojo, y
cortan la circulación en las esquinas.

¿En qué consiste ser “civilizado”, es decir, bañado por la propia calidad de civil, sino en sublimar los instintos de ira y de violencia? Poder hablar en lugar de pegar, negociar en lugar de matar, terciar en
lugar de enfrentar, es lo que nos hace humanos. Pero no es de esa
civilización de la que nos habla nuestra historia. Es de otra, una que
deriva de las sociedades etnocéntricas que brillaron en el siglo XIX.
Deriva en buena parte de la abstinencia de la reina Victoria.

En esa tradición de la rectitud, la crueldad es un ingrediente indispensable. Así fuimos colonizados y así colonizamos, despreciando, ignorando, violentando. Hay una larga tradición de representantes del
orden y la rectitud de la que Duhalde se presenta tributario. Quizá por
eso el candidato no ve tan mal el genocidio, o por eso no habla de
genocidio y elige otros rodeos. Quizá tenga ese punto de vista por su
idea de la rectitud, y porque cree que “el estilo de vida argentino” es
el que había que defender de aquellos “intentos de implantar ideologías
foráneas”. Esta semana fue todo un déjà vu.

La apelación a recrear la escena de los setenta, sólo caracterizada por la violencia, obliga a generar violencia. Pero es que ya todos somos más viejos, ya lo hemos visto, se ha investigado, se estudia en las
escuelas, los pibes lo saben, uno se da cuenta aunque los canales de
noticias cubran solamente –qué cosa– la violencia, y nunca raspen
demasiado ni a Macri ni a Duhalde. Todo es obvio, menos, quizá, la
cucaracha en la oreja y los gestos de pastor electrónico que ha
recomendado el consultor ecuatoriano. Kosteki y Santillán no han sido
dolorosos para Duhalde. Tuvo que irse del poder por esos asesinatos,
pero no hubo arrepentimiento. Kosteki y Santillán fueron asesinados en
el curso de una represión policial que ordenó liberar el Puente
Pueyrredón. El candidato ahora defiende la represión “sin tiros”. Puede
que tenga otras cosas en mente. Hay aparatos muy sofisticados de
represión que no necesariamente matan, aunque si lo hacen parece un
accidente, como las pistolas Tazer que Macri no pudo usar en la ciudad.
El Screamer que el gobierno golpista hondureño había instalado en la
puerta de la embajada de Brasil, cuando se refugió allí Manuel Zelaya,
produce ultrasonidos que provocan desmayos, y emite olores tóxicos que
provocan gastroenteritis y vómitos. Estos aparatos represivos son los
que se empezaron a usar contra los movimientos globalifóbicos de los
’90. La pionera en usarlos fue la Organización Mundial de Comercio.

Día tras día se hacen más evidentes los fórceps con los que se quiere estimular la escena propiciatoria del orden, que es el desorden. Día tras día la paloma se queda atascada en la manga del mago, muere
ahogada por las malas artes de quien pretende que la trae en son de paz.

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Etiquetas: Nacional, Politica

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