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CESA - Centro de Estudios Sociales Argentino
La palabra fanático tiene su origen en el latín fanum, que refiere al espacio sin árboles en el que se puede ver el cielo: se trata de un término que posee una alta valoración, precisamente lo que M. Heidegger designa como Lichtung, el claro del bosque. En este lugar en que se manifiesta la luz, también se manifiesta lo sagrado en sus variadas epifanías*. De allí que fanum significa de manera derivada templo, como lugar consagrado. Hasta aquí comentamos el sentido originario, pero la denominación de fanático procede del verbo fanor; fanaticus era llamado el que se entregaba a expresiones violentas de su religiosidad, tan aberrantes como la de los sacerdotes de Cíbele que llegaban a automutilarse. Y así esta concepción de fanatismo como la realización de actos extraviados por creencias demenciales se ubica en el vocabulario de la modernidad. Seguirán existiendo invariablemente diversas formas de fanatismo en tanto la sugestionabilidad es constitutiva de la especie humana.
La denuncia del fanatismo religioso viene siendo el lugar común de las figuras bienpensantes –que son cada vez más mediáticos que pensadores– como Vattimo, Omfray, Eco, Savater, Sloterdjik. El mismo Saramago, mucho más crítico en los análisis de la realidad que los anteriores, ha señalado que las principales guerras han sido producto de la religión. Ahora bien, como todo lo que se dice adquiere su significado en el contexto de la época en que se enuncia, nos preguntamos realmente: ¿el clima de devastación se debe al fanatismo religioso? A saber: el principal desastre actual que se manifiesta en la corrupción y banalización de la política y su servidumbre a los intereses mercantilistas, la farmacología que llena la vida interior de nuestra civilización, el hipnotismo colectivo de los medios de difusión, la tecnocracia de los valores y de la educación, el arte como producto de consumo y ya no más como arte...
Existe otra palabra con connotación negativa derivada de fanum: profano, el que se detiene ante –pro– lo sagrado –fanum– y no ingresa en él; y cuando ingresa, lo profana. De tal manera señalamos como principal peligro de nuestra época, larva rastrera que todo lo corroe, el fanatismo profano, que con su poder corrosivo destruye los cimientos de todo lo que encuentra para que en ningún lugar se produzca el fanum, el lugar libre en el que brilla lo sagrado.
El fanático profano es la denominación adecuada para un tipo humano preponderante en las sociedades actuales civilizadas que se caracteriza por una fervorosa creencia: hay una nueva fe, una fe en la falta de fundamento (ético, religioso, metafísico) porque toda creencia es suplantada por otra creencia, y la que actualmente prevalece es la de: no hay fundamento. Lo que en sí mismo no deja de ser un nuevo fundamento, el fundamento de una fe imbécil, porque en su sentido originario la palabra imbécil significa lo que no tiene sustento, deriva del prefijo privativo in y baculum (apoyo). No hay ningún ámbito de la realidad que no esté afectado por la esfera profana de los intereses mezquinos, por la avidez destructiva; incluso en su manifestación actual ya no existe siquiera la transgresión –que fue un cierto tono de audacia de años atrás– porque cuando ya no hay nada sagrado, no hay nada que transgredir. Desde hace un cierto tiempo buena parte de la humanidad occidental considera como algo natural que la existencia se encuentre privada de cualquier verdadero significado, por lo cual se ha dedicado a vivirla de la manera más soportable. Está ausente todo llamado a lo trascendente, no existe ninguna apertura al misterio, las impresiones saturadas por estímulos teconológicos pierden umbral de sensibilidad. Y ello tiene como contrapartida una vida interior siempre más reducida, pusilánime y fugaz, una disolución total.
“Y ví venir una gran tristeza sobre los hombres. Los mejores se cansaron de sus obras. Una doctrina se difundió y junto a ella corría una fe: ¡Todo está vacío, todo es idéntico, todo fue!… estamos demasiado cansados incluso para morir” (Federico Nietzsche Así habló Zaratustra El adivino)
Desde esta perspectiva el fanatismo profano ha leído a Nietzsche de una manera corta y pequeña para apoyarse en él como referencia teórica, cuando en realidad Federico Nietzsche ha mostrado fundamentalmente la necesidad de recuperar el sentido sagrado de la vida y fue el primero en ver la impronta del nuevo ser humano:
“La tierra se ha vuelto pequeña y sobre ella da saltos el último hombre que todo lo empequeñece. Nosotros hemos inventado la felicidad, dicen los últimos hombres y parpadean…” (Así habló Zaratustra, Prólogo)
Estas palabras dedicadas al personaje que se inicia en la Revolución Industrial auguran la hipertrofia del ideal de la prosperity, el sacramento de la plata plástica, la cirugía estética y la libertad individual, que tendrán un sustento racional en el libro de Fukuyama (El fin de la historia) en la década de los noventa; así como también muchas otras expresiones –al estilo de Lipovetsky (El crepúsculo del deber)– respaldarán la perspectiva existencial del último hombre haciendo de la ética un capítulo aburrido de la estética mientras muestran la extraña cara de unos seres que sienten que han evolucionado tanto que se han dado cuenta de que lo único real son sus caprichos, su limitado hedonismo. Tal transformación de los discursos intelectuales –posterior a la caída del Muro de Berlín y al Consenso de Washington– pinta claramente al pensador “democrático”, políticamente correcto, que no cuestionará salvajemente al sistema ni propondrá la actitud engagée de años antes. Por el contrario, aspirará a la sana difusión de sus obras en los monopolios editoriales internacionales y a vivir holgadamente de lo que piensa. Los intelectuales anteriores que llamaban a una transformación social eran unos fanáticos, los que creen en algo superior están dementes.
Este nuevo paquete de creencias que se ha formado desde esa época ha ido acomodándose a posteriores sucesos, pero no deja de ser el parámetro de referencia actual. La idea de que somos un atado de creencias formado por la educación y el hábito y que debemos –si queremos respirar alguna vez otro aire– plantearnos una revisión radical de todo lo que nos constituye, anima profundamente los escritos de Nietzsche:
“La convicción es la creencia (Glaube) de estar en posesión de la verdad absoluta en un punto cualquiera del conocimiento” (Humano, demasiado humano 1, 630)
“Las convicciones (Überzeugungen) son enemigas de la verdad más peligrosas que las mentiras (Lügen)” (Humano demasiado humano 1, 483)
En realidad la única mentira que importa es la que uno se cuenta a sí mismo, la que configura al hipócrita; por eso manifiesta Nietzsche con ironía cuánto más peligrosas son las convicciones, en tanto éstas constituyen todo fanatismo; y no son verdaderas ni falsas, se transmiten con la educación, los diarios, el café con leche, las conversaciones entre amigos; se arraigan por la falta de crítica y la pereza; persisten por inercia y se transforman en el sentido de la vida. Ciertamente tienen una íntima relación con una disposición previa, un pathos emocional-instintivo; pues existe de manera previa a la convicción una necesidad de creer, o de creer que no se cree: en la novela Demonios de Dostoievski, Kirilov dice de un personaje central: “Cuando Stravoguin cree, no cree que cree; y cuando no cree, no cree que no cree”.
Lo más lamentable del fanatismo profano es la falta de confianza en sí mismo del nuevo fanático, pues esta convicción arraigada es su piedra fundamental. Y en este punto siguiendo el pensamiento de Federico Nietzsche resulta necesario introducir una distinción de gran importancia respecto a la convicción. En primer lugar tenemos la convicción que se define como “el tener por verdadero”, y en segundo lugar, el intenso sentimiento positivo de “el sagrado decir sí a la vida”. La necesidad de convicciones que llevan a tener como verdaderas las propias apreciaciones subjetivas parece ser inversamente proporcional a la capacidad de afirmar la vida incondicionalmente. ¿Incondicionalmente? Sí, incondicionalmente. Cuando J. Campbell –en uno de sus muchos escritos sobre el héroe como El héroe de las mil caras– afirma que el héroe es el que es capaz de dar su vida por algo más grande que él, habla de este carácter incondicional de esta entrega, incomprensible para al fanático profano.
Mientras cierta humanidad vivía alegremente el fin de los discursos totalizadores, contenta de haber logrado una sociedad abierta en la que encontrar su felicidad, Robert Kaplan escribió un libro característico del clima de la década del 2000 de las Torres Gemelas: El retorno de la Antigüedad. En él reclama la necesidad de volver al saber histórico de Tucídides, que relata la guerra del Peloponeso, para poner de manifiesto cuál es el íntimo resorte que mueve la historia. Invoca el célebre episodio de los Melios. La isla griega de Melos a causa de una crisis económica no podía cumplir con el pago de los altos tributos exigidos por la Atenas Imperialista, y ante la embajada ateniense los representantes de Melos le recordaron los principios racionales y democráticos sobre los que estaba basada su civilización. Los de Atenas respondieron: “Hay una única razón: Los poderosos mandan, los sometidos obedecen”. Todos los hombres de Melos fueron ejecutados y sus familias esclavizadas. El pensamiento de Kaplan toma la historia como maestra con una hermeneútica norteamericana para recordarnos nuestra condición. No se puede negar su franqueza. Y resulta muy interesante el mensaje que recorre todo su libro: “hay que cuidarse de los idealistas y de los fanáticos. Todos los que creen en algo son peligrosos. Además están locos”.
No es el caso del fanático profano, que cree que no hay que creer en nada.
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* Fanum procede de la misma raíz que en griego da phaínomai manifestarse (de donde deriva fenómeno). V. E. Benveniste Vocabulario de las Instituciones indoeuropeas, Madrid, Taurus, 1983. En torno del significado de lo sagrado, retomado intensamente por pensadores del s. xx v. R. Otto Lo sagrado; M. Eliade Lo sagrado y lo profano (varias reediciones); F: García Bazán Aspectos inusuales de lo sagrado, Madrid, Trotta, 2001.
Comentario
Comentario de Juan del CESA el junio 2, 2012 a las 4:47pm | Fanatismo: una posición apasionada en el discurso | |
| Por Mirta Goldstein | |
| ¿Desde dónde un psicoanalista puede ser convocado a “decir” algo sobre fanatismo? La convocatoria a escribir sobre fanatismo me da la oportunidad de deslindar las diferencias y entrecruzamientos entre el fanatismo como discurso de la pasión que da a luz al fanático en tanto ser sin falta, y el sujeto que a veces ocupa una posición fanática en el discurso sin que ello abarque a todo su ser. Diferencio entonces dos terrenos: el primero es el terreno de la pasión plena, como es el caso de los fundamentalismos y, el segundo, el terreno del fanatismo circunscripto, de una pasión local, como es el caso de la pasión por el deporte. Esta diferencia puede borrarse fácilmente, sobre todo cuando entramos en el discurso de la política. Hablamos de fanatismo fundamentalista cuando un colectivo adhiere a ideas y creencias extremas y las cumple e intenta hacerlas cumplir a otros de manera radical, es decir, sin posibilidad de cuestionamiento. El fanatismo así descripto conforma un discurso cerrado aunado a un obrar obsecuente que defiende sus ideales sin permiso de alguna transformación, es decir, prohibe y castiga el cuestionamiento bajo la amenaza acusatoria de “traición” o de “herejia”. Recordemos que Lacan dicierne las pasiones del ser: amor, odio e ignorancia respecto de la castración. Estas tres pasiones se refuerzan una a las otras cuando el fin del poder es la dominación. Cuando el fanatismo defiende el amor a una idea, causa o creencia; cuando accede al poder, instrumenta, en nombre de la ética, la moral, la sangre, la seguridad, la patria, los más diversos modos de discriminación y segregación, aún el aniquilamiento. Por ello, el fanatismo se sostiene en la dominación del amor del otro. Dado que determina qué “debe amarse”, engendra el odio al diferente, por un lado y, por otro, la traición al sí mismo del amante. El amor extremo es primero suicida y luego homicida. Desde el punto de vista del amor extremo resulta traidor –a determinado sistema de ideales– todo aquel que desea un cambio. Así lo expresó el escritor Amos Os en su libro: Contra el fanatismo. El fanático quiere que cambien los otros y adhieran a su causa, pero él se abstiene de cualqueir movimiento que introduzca alguna modificación en sí mismo. En nombre de su amor, el fanático puede accionar con odio y operar con violencia hacia el semejante a quien somete a través de la persuación, el dolor y el terror. Por este motivo el amor resulta una pasión al servicio de muchos fines, entre ellos la misma pasión por la ignorancia –que es rechazo y forclusión– de la posición deseante en el discurso, posición que solo deviene de la inscripción de la castración simbólica. El amor extremista convoca al suicidio de sí y del otro, convoca a la inmolación y al holocuasto. Recordemos que la palabra holocausto significa sacrificio. La castración simbólica del Otro inaugura la multivocidad o pluralidad de locutores concientes e inconscientes. Justamente el fanatismo desconoce la polivalencia de las diferencias y se sacrifica para hacer consistir la completitud imposible. Jorge Fontevecchia, el pasado 2 de julio de 2010, escribió en Perfil.com que Joseph Goebbels, ministro de Propaganda e Ilustración Popular del Führer, “se hizo famoso por aplicar el método de persuación: miente, miente, que algo quedará”. Este método no es propio solo del nazismo, por eso continúa diciendo: “Demostrando, una vez más, que las aspiraciones hegemónicas no son de derecha ni de izquierda, sino de toda forma autoritaria que precisa anular a lo otro –cuando menos– en el terreno del discurso”. La implicación recíproca entre autoritarismo y fanatismo agravia al pensamiento autónomo y ataca la democracia pero el fanático que se cuenta entre sus filas se motiva en el desistimiento de la posición deseante. Aunque el fanático alegue la búsqueda de la verdad, el amor al semejante o la consecusión de un fin universal, sólo estará renunciando a su deseo. Desde un punto de vista social encontramos que la banalización de la reflexión crítica produce que alguna construcción extrema de orden religioso, político o moral, ocupe el lugar que el pensamiento dejó vacante; en esos casos el extremismo se instala de manera rotunda y trata de avanzar y de asentarse en el lugar del cual el debate y el consenso han sido destituidos por ello, el fanatismo como expresión colectiva y como discurso político se asocian con la crueldad. Crueldad proviene del latín crudelis, que a su vez proviene de crudo, de crúor o sangre y de crudus, “que sangra”. Es decir que la crueldad tiene que ver con lo que hace sangrar y con lo que está sangrando y duele, por ello parece que divide entre quien la ejerce: el cruel, y quien la padece: la víctima, pero, si pensamos en las identificaciones cruzadas, los homologa. Richard Rorty, en su libro Contingencia, ironía y solidaridad, nos advierte sobre las prácticas sociales y públicas que por sostener lo “natural” nos vuelven crueles en relación al otro y esconden el germen del terror. Entre tales prácticas se inscriben las estrategias demagógicas que conmueven la sensibilidad y la moral en pos de extender los prejuicios, las falacias sobre el bien y el mal y las creencias extremistas; estas prácticas despiertan en los seres hablantes –hijos del discurso–, fanatismos y oscurantismos escondidos. Ahora bien, el fanático no comete atrocidades fuera de una ley, por el contrario lo hace invocando una ley indudable. Desde el punto de vista del fanático como conformación del ser pasional, éste se erige en la expresión de la renuncia a la duda, a la incertidunbre, a la tolerancia; sobre todo se posiciona renunciando al síntoma, a la inhibición y a la angustia. El fanático, entonces, se ampara en la certeza como ley que intenta universalizar; no está en contra de la ley ni la desafia como el delincuente; muy por el contrario sostiene “su ley” como inmortal e infinita. Si su ley fuese finita caducaría y podría ser sustituída, terminaría causando que algo advenga en su lugar. El principio de eternidad rige cualquier enunciado fanático, por ello éstos se anuncian en el discurso con un siempre, nunca o jamás en relación al tiempo y con “todos o todo” en relación a la existencia. El fanático extremo puede referirse al origen pero no a la causa. Lo que lo causa es absoluto e inamovible, luego es causa sin pérdida o causa que no cae de ese lugar. Por esta razón el fanático abraza “una causa” cerrada sobre sí misma y sin resto. La causa del extremista puede pensarse en las antípodas del lugar de la causa del deseo. El fanático del ser puede, atornillado a sus ideales, desmentir ya no alguna contradicción sino “la contradicción” en sí, ya que el conflicto inconsciente está tejido de contradicciones; quien no soportare la incerteza y la contradicción –índices de pluralidad de voces y de una dinámica del deseo–, las reemplazará por la certeza y el anhelo de uniformidad, de eternidad, de igualación. Quien se aferra a la certeza, a la univocidad y a la intoleracia al atributo –que siempre es un rasgo parcial–, se acerca demasiado a la estructura paranoica. La paranoia consolida una “personalidad” que se autodefine como completa, saturada y sin contradicción. El odio paranoico puede dirigirse hacia múltiples objetos, generalmente estos objetos son atributos elevados al estatuto de “un ser total”. El odio al judio, por ejemplo, no necesita explicación ni justificativo; se lo odia desanudado de cualquier atributo amable. Si no hay “amable” ya no hay amante, sino sólo aquel que odia. El rechazo a los atributos amables desconoce la castración y por lo tanto hay vuelta contra el sí mismo. En este sentido la pasión del odio desconoce cualquier rasgo amable en su objeto y rechaza al amor idealizado que lo engendra; muy a su pesar, el ser del odio experimenta la pasión del des-amor. Cuando se remite al ser en lugar de referirse al atributo, el sujeto del conflicto inconsciente ha sido desalojado. El atributo puede corresponder a una afirmación, a un juicio, pero el ser desconoce la multivocidad de los juicios de existencia. En el terreno del “ser” y por lo tanto de la falla en la destitución de ser, los psicoanalistas tenemos algo para decir. Nos acercamos al hablanteser o sujeto de la falta en ser por la vía de su contrario, aquel que se inscribe sin falta en ser. Entonces discernimos otro sujeto fanático, aquel que se aferra a alguna pertenencia e identidad. Este es un sujeto barrado que se deja hablar por el Otro, pero que para contar para el Otro se dedica a vanagloriar algún estandarte, alguna creencia, algún símbolo, algun líder; intenta saldar un error local en RSI con una pasión localizada. Estamos ahora en condiciones de retomar la idea de que hay un fanatismo que no es solamente un discurso que reduce la pluralidad de voces y locutores, sino es una posición apasionada del sujeto en el discurso por la cual deja de haber localmente “un significante representa a un sujeto para otro significante”, y, en cambio, hay un significante que habla sólo: por sí mismo y para sí mismo. Esta posición corresponde a un desanudamiento local de la estructura subjetiva, sin que ésta llegue a caer en la paranoia, lo cual equivale a una destitución local del significante del Nombre del Padre. En este sentido se cuentan aquellos buenos padres de familia, trabajadores, responsables pero que sin embargo sostienen un punto de radicalidad, de odio al contrincante o de pasión, por ejemplo, el hincha de fútbol. En síntesis, hay una pasión de amor que engendra un fanatismo local ante el vacío de Das Ding y hay una pasión del desanudamiento del amor que llega a conformar la posición de radicalidad paranoica en el discurso. Muchas veces el fanatismo se confunde con la fe. La fe es un punto de anudamiento para determinadas estructuras psíquicas. La fe no tolera la controversia a la fe; el sujeto de la fe puede caer o no en el fanatismo, ya que hay sujetos de la fe que no necesitan más que encontrarse con otros creyentes en la Iglesia o rezar en sus hogares: son los buenos obsesivos. Sin embargo hay otros cuya fe no termina de anudarles la estructura a algún lazo social; éstos son los que necesitan reajustar este error en RSI buscando en el lazo social la certeza absoluta a través del sometimiento de otros a su creencia. De estas posiciones emana una crueldad que se sostiene como “natural” en un orden comunitario. El fanatismo fundamentalista necesita de un ordenamiento comunitario; no hay fundamentalista privado, hay fundamentalismo de comunes que componen un orden de fe ciega. La fe puede constituir un punto ciego en el sujeto sin que ello implique la destitución del Nombre del Padre; puede constituir un punto de anudamiento de una estructura con tendencia a la ruptura –en este sentido hay reparaciones del nudo RSI por la fe–, pero otra cosa muy distinta es la fe que, por pasión a la ignorancia de la castración deshace el Nudo RSI y redobla desestimaciones que conducen a lo peor. Lacan, en sus últimas enseñanzas, intentó ubicar un amor simbólico, un “amor por nada” que apunta a la falta en ser en lugar de la pasión por el ser. Al respecto podemos agregar que este amor simbólico estaría anudado al amor imaginario y al amor real. En cambio la pasión de amor al ser del fanático, puede desanudar local o globalmente dicho anudamiento, desenlaces del Nudo Bo que intentamos cerñir y diferenciar en este escrito. Bibliografía Goldstein, Mirta: “El fratricidio y la Sao. El fratricidio globalizado de última generación”. Revista de Psicoanálisis. Tomo LXV. Número 2. Junio de 2008, APA. — — “La desmentida del lazo fraterno”. Revista Psicoanálisis y Hospital, número 32, Argentina, noviembre de 2007. — — “Desafío a la banalización reinante en la época”. Revista Psicoanálisis y Hospital, número 31. Año 16, Buenos Aires, mayo de 2007. — — “La banalización del duelar en el modelo cultural actual”, Revista Imago Agenda, Septiembre 2007, Argentina. — — “Las enfermedades de la cultura: totalitarismo, banalización y antisemitismo”, OSA editorial, Buenos Aires, 2007. — — Xenofobias terror y violencia. Erótica de la crueldad. Lugar Editorial, 2006 Argentina. Rorthy, Richard: Contingencia, ironía y solidaridad, Paidós, 1991. Os, Amos: Contra el fanatismo. Editorial Siruela. España, 2003. |
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