El amor entre mujeres: Anaïs Nin y June Por Santiago Thompson Luján Iuale


La homosexualidad femenina se presenta usualmente en la clínica, o bien ligada a la histeria, donde se presenta como respuesta a una decepción amorosa; o bien en el campo de la perversión, donde el desafío al varón se plantea en términos de goce. Esto daría cuenta de dos posiciones respecto al falo: una “a despecho del falo” y otra “con el falo”, tratándose en este último caso de un falo no marcado por la detumescencia. En ambas presentaciones, el hombre queda tomado como un “invisible testigo”,1 al que se le enseña, ya sea como amar a una mujer, ya sea como hacerla gozar.

Sería, sin embargo, corto de miras reducir el campo de la homosexualidad femenina al par histeria-perversión. Se impone aquí un esfuerzo para ubicar lo que sería una posición propiamente femenina en la homosexualidad, que Lacan nomina incluso como heterosexual, ya que propone, en “L’Etourdit”, llamar heterosexual “a lo que ama a las mujeres, cualquiera sea su propio sexo”.2
Nos ocuparemos aquí de aproximarnos al campo de “lo femenino en la homosexualidad femenina”, mediante el abordaje del primer volumen del Diario de Anaïs Nin, donde la escritora relata su relación con June, amante a su vez de Henry Miller.3
El lugar en que ubica a Henry en este triángulo nos impresiona por no ser tomado, al modo de la histeria o de la perversión, como un testigo degradado (a nivel del amor o del goce). Anaïs tiene un lazo a Henry más allá de June y al mismo tiempo puede amar a June y prescindir de Henry. En otras palabras, va más allá del falo, pero a condición de servirse de él.

Su posición está marcada por un anhelo de escribir el más allá, de intentar cernirlo por medio de la escritura: “La vida corriente no me interesa. Solo busco momentos fuertes. Estoy de acuerdo con los surrealistas, busco lo maravilloso.
Quiero ser una escritora que recuerde a los demás que esos momentos existen; quiero demostrar que hay espacios infinitos, significados infinitos y dimensiones infinitas.
Pero no siempre me encuentro en lo que yo llamo estado de gracia. Tengo días de iluminaciones y febriles. Días en que la música de mi mente se interrumpe. Entonces remiendo calcetines, podo árboles, saco brillo a los muebles. Pero mientras estoy haciendo eso, siento que no vivo”.4

Esta direccionalidad hacia lo abierto, lo que no hace conjunto, tiene sus resonancias con el modo en que Lacan entiende en el Seminario 20 lo femenino. Es clara la referencia al no-todo que Lacan introduce al negar el cuantificador para situar un más allá del falo. Nos remite también al Don Juan como fantasma femenino, que airea a la mujer del goce fálico porque –para él– no se trata de todas las mujeres, sino de una por una.5 Ya en lo expresado por Anaïs podemos pesquisar que no se trata del goce ilimitado, que invade el cuerpo en la psicosis. El goce femenino hace signo de lo infinito y, sobre todo, de lo que no puede por estructura escribirse y, aun así, en el encuentro con el partenaire, puede tener lugar como acontecimiento de cuerpo. Es un goce que se siente en el cuerpo y, como tal, vitaliza.
El gozar es una propiedad del cuerpo viviente puesto que “no sabemos qué es estar vivo a no ser por esto, que un cuerpo es algo que se goza”.6 Ahora bien, el encuentro de los cuerpos está atravesado por múltiples determinaciones y contingencias; y el interés por el partenaire y por su goce puede cobrar diferentes formas.

Es destacable cómo Anaïs circunscribe el modo en que cada uno aborda a June: en la relación triangular que se establece, advierte que Henry queda capturado por los enigmas que June le crea. Ella se pregunta en cambio, por su función: “Me parece que mientras Henry se preocupa sobre todo por saber si June tiene otros amantes, si ama a las mujeres o si toma drogas, olvida el verdadero misterio: ¿por qué necesita June esos secretos?”7
Función que sitúa rápidamente ligada al lugar del enigma en la posición femenina: “El novelista que hay en Henry se convirtió en detective, quería averiguar qué hay detrás de las apariencias, mientras que June siguió creando misterios como fruto natural de su feminidad”.8

Quedando finalmente captada por la “X” con la que June sostiene su semblante femenino: “¿Cómo, si no, mantener su interés a lo largo de mil noches? Noto que Henry ha logrado arrastrarme hacia su investigación”.9
Advertida de la orientación que plantea la posición masculina, es tomada y a la vez se distancia de ésta. El enigma se formula de un modo diferente en él y en ella. Para Henry la pregunta es por la forma que cobra en June el goce, casi podríamos decir que se pregunta “¿de qué goza?”. Pero para Anaïs el enigma vale por sí mismo, como condición para sostener lo femenino. Alude a Las mil y una noches, donde la mujer para seguir viva debía narrar historias que atraparan al oyente, y le dieran “ganas de más”. Hay una clara divergencia entre lo que Henry intenta hacer entrar en el Uno del lenguaje, en lo fálico; y lo que para Anaïs se mantendrá como lo Otro. En este punto el narcisismo de June hará obstáculo o tope a eso que Anaïs capta pero no puede discernir.

Localiza con precisión las particularidades del lazo y el modo en que cada uno aborda al partenaire. Mientras el lazo entre mujeres supone una alianza donde no se fragmenta al partenaire; en el caso del varón el acceso a la mujer es leído como una traición. En una de las conversaciones, June se pregunta por qué debería ser fiel a un hombre que aborrece partes de ella misma. Anaïs le responde: “Es cierto (…) el verdaderamente infiel es quien sólo hace el amor con una fracción de lo que tú eres. Y niega el resto”.10 June pesca la particularidad del goce masculino, como goce masturbatorio que deja al hombre sin acceso a la mujer. En este punto ella se vuelve inasible: “A June, los burdeles de Henry le dan risa. Tan fáciles, tan directos, tan naturales. (…) es demasiado explícito. June se le desliza entre los dedos. No se puede poseer sin amar”.11
En un primer momento Anaïs opera al modo histérico, ubicando lo femenino en la otra:

“Era la mujer más bella de la tierra (…) Tenía tanta vida que sentí como si fuera a consumirse ante mis ojos. Hace años traté de imaginar la auténtica be­lleza; creé en mi mente la imagen de una mujer así. Sólo la pasada no­che la vi. (…) Su belleza me inundó. Cuando estaba sentada ante ella pensé que ha­ría todo lo que me pidiera. Henry se desvaneció repentinamente.”12
Pero luego vemos cómo June se transforma en esa “caja vacía” que la inspira y le permite, no ya reconocer lo femenino en la otra, sino lo que hay de femenino en ella misma. Esto aparecerá a través del registro que Anaïs tiene de lo que produce en June. Por otro lado, es un lazo que se le vuelve enigmático y del cual Henry no puede participar: “¿Qué es eso que June y yo buscamos juntas y en lo que Henry no cree?”13
Bascula, luego, entre la devoción y cierta identificación al retrato de June que hace Henry:

“Al final de la noche ya me había liberado de su poder. June mató mi admiración con su conversación. Tiene un ego enorme, falso, débil y afectado. (…) Aquella noche, a pesar de mi fascinación, June trató de ser cuanto ella creía que yo deseaba que fuese. (…) Todo lo que Henry había dicho de ella es cierto (…) yo me sentía, como Henry, fascinada por su cara y su cuerpo que tanto prometen, pero odiaba su yo inventado que oculta al verdadero (…) me quedé asombrada y repelida por su falsedad. Recordé las palabras de Henry: «Creo que es perversa». (…) ¿Dónde estaba June? ¿Quién es June? Hay una mujer que estimula la imaginación de los demás, y eso es todo.”14
Para finalmente amarla por lo que puede atisbar más allá de los semblantes que June sostiene: “Por la noche soñé con ella; no aparecía magnífica y abruma­dora como es, sino muy pequeña y frágil, y la amé. Amé una pequeñez, una vulnerabilidad que me parecía disimulada por su desmedido orgu­llo, por su volubilidad. (…) hay una mujer muy her­mosa que ayer noche se puso al alcance de mi inexperiencia, y ocultó la profundidad de su saber.”15
Leamos un diálogo con June: “—Eres la única mujer que responde a la idea que me había hecho de cómo debería ser una mujer.

—Por suerte, no me quedaré aquí –me respondió–. Te decepcionarías pronto. Me desenmascararías. Soy impotente ante una mujer. No sé cómo hay que tratarlas.”16
June no encarna a La Mujer, ni siquiera hay en ella un saber hacer con las mujeres. Lo que cautiva a Anaïs es que June “es”; sin poder reducirla a un único atributo, sin poder predicar sobre ella: “June ES, simplemente. (…) Henry dice irritado ‘Es una caja vacía’. (…) A mí June, esa caja vacía, me inspira.”17

Incluso Anaïs insiste en su amor por June por sobre el encuentro sexual, que no falta, pero donde reconoce que el placer se juega más en los encuentros con el escritor. Su bisexualidad nos indica que la elección por una mujer no se da a expensas de un rechazo de lo masculino, ya sea en términos de amor o de goce. Es un rasgo que también se presenta, por ejemplo, en Virginia Woolf o en Frida Kahlo: una elección no signada por una degradación del varón, sino que apunta a otro modo de sentir.

Podemos pensar que en el encuentro entre mujeres aligera al sujeto respecto de los saldos subjetivos del encuentro sexual. Si bien no está exento de tales marcas, está por un lado aireado por cierta filia que contrasta con la así llamada “guerra entre los sexos”, o bien la competencia totalmente signada por lo fálico que evidencia la homosexualidad masculina. Esta modalidad relaja los lazos de posesión y, por lo tanto, la reducción a un objeto parcial del partenaire. En tal sentido, Anaïs responde al misterio de la insondable decisión del ser en la homosexualidad femenina, en estos términos: “Si hay una explicación del misterio (…) tiene que ser ésta: el amor entre mujeres es un refugio y una forma de evitar el conflicto mediante la armonía y el narcisismo. En el amor entre hombre y mujer hay resistencia y conflictos. Dos mujeres no se juzgan mutuamente. Forman una alianza. En cierto sentido es un amor de sí mismo.”18
Este amor parece fundarse en un lazo social propiamente femenino que se continúa en el encuentro entre los cuerpos. La salida homosexual funciona como una opción pacificadora: a nivel del goce, este no está sujeto a la tumescencia-detumescencia, sino más allá del falo, “envuelto en su propia contigüidad”;19 a nivel del deseo, allí es más frecuente que una mujer (y no una parcialidad de su cuerpo) sea tomada como causa de deseo. Y por esta vía, finalmente, se abre la posibilidad a lo que Lacan ubica como un encuentro heterosexual: el amor a una mujer.
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1. Lacan, J. (1960). “Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina”. En Escritos 2. Siglo XXI, 2008, 698.
2. Lacan, J. (1972). “El Atolondradicho”. En Otros Escritos. Paidós, 2012, 491.
3. Este texto se enmarca en una investigación con sede en la UCES, que los autores, junto con Luciano Lutereau, plasmarán próximamente en el libro “Sentir de otro modo. Amor, deseo y goce en la homosexualidad femenina”.
4. Nin, A. (1969). Diario I 1931-1934. RBA, 2009, 9-10.
5. Cf. Lacan, J. (1972-1973). El Seminario. Libro 20: Aún. Paidós, 1981, 18.
6. Ibíd., 32.
7. Nin, A. Op. Cit., 21.
8. Ibíd., 24.
9. Ibíd.
10. Ibíd., 61.
11. Ibíd., 54-55.
12. Ibíd., 26.
13. Ibíd., 42.
14. Ibíd., 26-27.
15. Ibíd., 27.
16. Ibíd., 30.
17. Ibíd., 58-59.
18. Nin, A. Op. Cit., 50.
19. Lacan, J. (1960). Op. Cit.

http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1981

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