Consumo de psicofarmacos: la ilusion del bienestar instantáneo

Revista Accion
CONSUMO DE PSICOFÁRMACOS: LA ILUSIÓN DEL BIENESTAR INSTANTÁNEO

Pastillas para todo

En estas sociedades y en estos tiempos, las pastillas parecen curarlo todo: desde un dolor de cabeza o un día estresante de trabajo, hasta una depresión. Y existe una tendencia cada vez más extendida a tomar psicofármacos (ansiolíticos, estimulantes, hipnóticos, sedantes, tranquilizantes), ya sea por recomendación del médico, de un amigo o de un compañero de oficina.
Se estima que en la Argentina se venden 35 millones de unidades al año.


EMBARQUES. Según un informe de la CEPAL, en pocos años China podría convertirse en el segundo socio comercial de la región.
Curiosamente, los nuevos consumidores no son personas enfermas, sino individuos que buscan sentirse mejor. «Hay una mirada hacia los medicamentos como bienes de consumo», señala Carlos Gurisatti, farmacéutico del Observatorio de Medicamentos, Salud y Sociedad de la Cofa (Confederación Farmaceútica Argentina). 
Datos de esa entidad indican que la compra de fármacos en general aumentó un 42,5% entre 2004 y 2010, mientras que los antidepresivos y equilibrantes del ánimo lo hicieron en un 4,6% sobre el resto. La consultora IMS Health, en tanto, sitúa un incremento de dicha franja en un 19,3%, en los últimos tres años. 
«Se están medicalizando mucho los problemas cotidianos: angustias y malestares que antes no pasaban de eso. Ante la mínima molestia, la respuesta inmediata es tomarse un psicofármaco». A esa conclusión llegaron los responsables de un estudio cualitativo de Sedronar (Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la Lucha contra el Narcotráfico) sobre «el consumo indebido de medicamentos psicotrópicos en la vida cotidiana». 
También concluyeron que la Argentina es el único país latinoamericano en el que la primera droga, después del tabaco y el alcohol, no es la marihuana sino los psicofármacos. Especialmente, en las clases media y alta, donde su uso se banalizó: o sea, dejó de ser un medicamento para convertirse en una pastilla para el estilo de vida (lifestyle medicine en inglés), que proporciona al sujeto un alivio rápido a las condiciones de fatiga que conlleva la vida actual. Y también, frente a los «ideales de autosuperación, competencia, rendimiento, voluntad y emprendimiento» a los que debe responder.
Los tranquilizantes o ansiolíticos del tipo benzodiazepinas son los más conocidos y usados. Se toman «para descansar mejor» o «conciliar el sueño». El clonazepam y el alprazolam figuran como los más comunes, con Rivotril y Alplax, respectivamente, como productos emblema. 
De los antidepresivos, los más modernos son los tricíclicos (usados sobre todo, en trastornos bipolares) y los llamados IRSS (que actúan inhibiendo la recaptación de serotonina, dopamina o noradrenalina, o de dos de ellas). En los 90, la estrella fue la fluoxetina o Prozac, conocida como «la droga de la felicidad». Hoy, se utilizan otras que tardan menos en eliminarse del organismo, como la paroxetina o la sertralina.
Consumidos en dosis altas, los ansiolíticos provocan pérdida de memoria y generan dependencia. De hecho, no deberían usarse de forma sostenida por más de un mes y tendrían que acompañarse de un tratamiento psicoterapéutico, para no convertirse en un problema. Los antidepresivos causan disminución del deseo sexual y pueden llegar a ocasionar impotencia y aumento de peso.
Porteños ansiosos

La ciudad de Buenos Aires, donde uno de cada seis habitantes consume psicofármacos y uno de cada cuatro no lo hace por indicación médica, encabeza la tendencia nacional de consumo de psicotrópicos.
De acuerdo a una investigación de la Universidad de Palermo que publicó Clarín, el 15,5% de los porteños reconoce que toma pastillas. La mayoría (de 1.777 encuestados) recurre a los tranquilizantes (84,3%), porque le resultan indispensables para sentirse bien (78%) y un 59% dice que no puede dejar de tomarlos. El 41,8% admite que los usa para lograr dormir; el 33,6% para disminuir la ansiedad y el 17,5% para tratar una depresión. El 7,1% restante, por tratamiento de trastornos mentales o por «diversión», entre otros motivos.
Los ansiolíticos se toman como si fueran algo inofensivo. «En Capital, son vistos casi como caramelos, como que hay que llevarlos en el bolsillo», sostiene Juan Manuel Bulacio, psiquiatra especialista en ansiedad y estrés, magíster en psicología cognitiva y presidente de la Fundación Icaap. «Entonces, ante una situación de mayor estrés o de problemas para dormir, aparece. Esto también se ve agravado porque muchos médicos clínicos abusan del ansiolítico», agrega.
Para la psiquiatra Silvia Wikinski, investigadora del Conicet, hay muy poca tolerancia a la ansiedad, en general, y muy poco tiempo para la consulta médica, «porque las condiciones de trabajo de los colegas les exigen resolver síntomas sin detenerse a hablar demasiado con el paciente sobre lo que le está pasando. Se busca una solución rápida y eficaz, porque atenúa rápidamente el síntoma de angustia». Así, el paciente no tiene que reflexionar sobre las razones de su angustia y el médico resuelve el problema en lo que tarda en escribir una receta.
En suma, se tiende a explicar poco, a sobremedicar y a actuar de manera rápida. Pero no todo corre por cuenta de los médicos. También los pacientes quieren soluciones al problema «ya». Muchas veces, se trata de «pacientes-impacientes», que se han informado con anterioridad (a través de los medios y/o Internet) sobre el mal que les aqueja y acuden a la consulta con un «autodiagnóstico». El médico se transforma así en un «recetador». Y si no les da lo que piden, no faltan quienes se buscan a otro. Además de los psiquiatras, clínicos, neurólogos y cardiólogos prescriben este tipo de drogas.
A esto contribuye un sistema en que todo se compra y se vende, en el que, como dice el psicoanalista Emiliano Galende, los habitantes son clasificados por su condición de consumo. Y tanto pueden comprar niños –vientres de alquiler– como dejar de ser viejos –con una cirugía plástica–. 
En la actual medicalización de la sociedad intervienen diferentes actores. Por un lado, los laboratorios, que desarrollan nuevas drogas, financian investigaciones y organizan congresos médicos. Por otro, la industria farmacéutica, que se beneficia de la venta de estos productos. Y, también, los profesionales de la medicina (cada vez más expuestos a «la tentación del remedio rápido»). 
Además, aparecen investigaciones de las neurociencias que luego se difunden públicamente, y enfermedades que se ponen de moda gracias a la cobertura de los medios. Así, alguien que antes era catalogado como «tímido», por ejemplo, ahora puede ser considerado tranquilamente un «fóbico social» y medicado en consecuencia. Y ciertos remedios pasan a convertirse en codiciadas pastillas, por obra del marketing y la publicidad, que se encargan de asociar sus efectos a prácticas de una vida sana.
Automedicación y diagnósticos

Aunque la ley establece que los psicotrópicos deben venderse bajo receta, según datos de Indec-Sedronar, mucha gente se automedica. El 10% de las personas de entre 16 y 65 años, el 8% de los universitarios y el 4,4% de los estudiantes secundarios usan sedantes o estimulantes sin prescripción médica. También están quienes, a pesar de la indicación médica, usan las pastillas indebidamente. «Hay pacientes que son tratados con psiquiatras que tienen en paralelo una forma de abuso o de automedicación. Consiguen ansiolíticos adicionales por familiares, por ejemplo», comenta Bulacio.
Según los especialistas, los trastornos de ansiedad se dan más en mujeres que en varones. También son las mujeres quienes más consumen todo tipo de psicofármacos, mientras que los hombres tienden más a automedicarse. En ello inciden componentes de predisposición genéticos y estilos de vida. Un dato llamativo es que el trastorno de ansiedad generalizada (persona inquieta, siempre preocupada por todo) no afecta a los ejecutivos de empresas, como podría pensarse, sino a las amas de casa. ¿Cómo se explica? Por la demanda permanente, la exigencia continua, el poco reconocimiento y la frustración que las tareas domésticas suelen generar. 
¿Qué tan acertados son los diagnósticos? En el caso de la ansiedad se tiende a sobrediagnosticar, a pesar de que ésta y la angustia son emociones humanas normales, reacciones esperadas frente a una experiencia de la vida y no necesariamente síntomas de otra cosa. «El punto es que siempre se los considere un síntoma y se los medique», subraya Winkinski, quien además de psiquiatra es coordinadora de Docencia e Investigación de Proyecto Suma (de asistencia y rehabilitación en salud mental).
Según dice, a diferencia de lo que ocurre con los ansiosos, muchas personas que sufren depresión no reciben tratamiento. «La gente no consulta o tarda en consultar. O recibe un porcentaje insuficiente de dosis o de tiempo. Sustituir una escucha atenta y un autoconocimiento por una prescripción es un problema. También, que una persona con depresión no reciba un diagnóstico ni una receta, en algunos casos».
En cuanto a la efectividad de los antidepresivos, Wikinski cita cifras de estudios realizados en otros países: entre el 65% y el 70% de las personas deprimidas que los recibe, mejora. «El resto, a veces necesita recibir más de un fármaco o cambiar o agregarle psicoterapia. Y aun así, hay un porcentaje de personas que no responde. No se sabe por qué. Los antidepresivos son parecidos entre sí. No la depresión, que es bastante heterogénea».
A diferencia de los ansiolíticos, los antidepresivos tardan más en hacer efecto, dos o tres semanas, porque generan cambios en la estructura del sistema nervioso central. «La prescripción se basa en un criterio químico, no en una comprensión sobre cuáles son las causas de la depresión y de qué mecanismos nos valemos para resolverlos. Sabemos que es eficaz (alivia el síntoma) y seguro (los efectos adversos no opacan los efectos terapéuticos). Eso solo justifica la medicación», explica Wikinski, quien también recalca la importancia de la psicoterapia, tanto en depresiones leves como severas.
En este último caso, manifiesta, «el antidepresivo es probablemente más eficaz, pero la duración del bienestar lo promueve la psicoterapia. La lógica es acompañarlo». Esto, porque la depresión no es sólo un síntoma, sino una experiencia de vida que repercute en la persona y en el entorno. «Después de haberla atravesado, uno tiene que repensarse en relación consigo mismo, con los otros, con el trabajo. Y eso no lo hace un antidepresivo».
El efecto placebo (o sea, el beneficio médico que se obtiene con una pastilla inerte o cualquier tratamiento ficticio) es común, tanto en el caso de los ansiolíticos como de los antidepresivos. «Se nota en los efectos inmediatos: por ejemplo, una persona nerviosa por un examen, se siente mejor. Pero a alguien con una depresión endógena, no le va a hacer prácticamente nada», precisa Bulacio.
Un tema a tener en cuenta, según Jaime Moguilevsky, médico especialista en psiconeuroinmunoendocrinología, es el consumo de antidepresivos sin indicación médica que se observa cada vez más en los jóvenes, que buscan «desconectarse» de la personalidad. «Lo mezclan con alcohol, y el efecto se potencia. Hay una mayor desinhibición, pero también muertos en boliches».
Maldito estrés

A lo largo de la vida, todos tenemos más probabilidades de padecer depresión que de tener un infarto. De hecho, se habla de ésta como «la enfermedad del siglo XXI».
«Que la Argentina sea uno de los países que más consume antidepresores está vinculado principalmente con el estrés en el cual se vive», afirma Moguilevsky. Ocurre que el estrés baja la inmunidad. «El organismo trabaja en red; no hay nada que se modifique en él que no hable de otra cosa: el aparato digestivo secreta hormonas, éstas actúan sobre el cerebro, el cerebro modifica su manera de actuar y afecta el aparato cardiovascular: produce taquicardia… La mayoría de las enfermedades manifiestan sus síntomas no en el lugar que se producen. Hace diez años, por el estrés se veían mucho los tumores de hipófisis o la galactorrea (salida de leche por el pezón). Ahora vemos tiroiditis», detalla. 
Se calcula que entre el 10% y el 25% de la población sufre de estrés. «Es muy frecuente que se llegue a una depresión por esa vía. No significa que todos los que se estresan se deprimen. Sí que muchos de los que se deprimieron estuvieron estresados. Es decir, exigidos de afrontar situaciones para las que no se sienten preparados por más tiempo del que pueden tolerar», aclara Winkinski. 
No es un dato menor, en una sociedad que exige, entre otras cosas, tener éxito y ser feliz. Por lo visto, para muchos, la única forma de conseguirlo es mediante una pastilla
Francia Fernández




Dos miradas sobre la Ritalina
RUBÉN SCANDAR * - Trastornos
–¿Cómo es el consumo de psicofármacos en niños?
–El uso de psicofármacos en niños es conservador. El promedio de psiquiatras lo son. Esto tiene que ver con la formación científica (psicoanalítica), de gran prevención contra el uso de fármacos y con la mirada de que como el sistema nervioso central del niño está en desarrollo, se trata de interferir lo menos posible. Aparte, el profesional usa la droga cuando considera que es el mejor tratamiento posible. La realidad es esa, más allá de lo que se publica. 
–En el caso del TDAH (Trastorno por déficit de atención e hiperactividad), ¿no hay una tendencia a sobrediagnosticar?
–Un chico con TDAH tiene una deficiencia (su cerebro se desarrolla con dos años de atraso) y problemas de control inhibitorio. Los diagnosticados y tratados correctamente son una cantidad ínfima. No menos del 60% chicos con TDAH tienen otro trastorno: de aprendizaje o del lenguaje o trastornos de ansiedad y del estado de ánimo. Ahí aparecen otros tratamientos (psicopedagógicos, conductuales) y, eventualmente, el uso de otros fármacos. Si no es comórbido, hay buen pronóstico: se usa medicación más el entrenamiento a padres (terapia cognitiva) y a nivel educativo. 
–¿Hay posibilidad de equivocarse en el diagnóstico?
–Los criterios son muy específicos. La posibilidad de diagnosticar a un niño normal con el trastorno es muy difícil. Implicaría un error grosero. De los 9 criterios de síntomas de hiperactivismo y de desatención, se exigen como mínimo 6. De la población normal, un niño nunca reúne más de 3. Todos los síntomas deben darse en forma estable, durante de seis meses, en más de un ambiente que sea estructurado. 
–¿No hay sobreprescripción de ritalina?
–Muy poca gente toma ritalina. El 10% de los chicos tiene TDAH en los Estados Unidos. En Argentina, alrededor del 6%, pero ni el 1% está medicado. En realidad, hay que alarmarse por la cantidad de chicos sin diagnosticar, que son la mayoría. Si no se hace nada, van a pasar determinadas cosas: el 30% estará preso antes de los 25 años, el 15% va a ser drogadicto, y sólo 5% de los que entran a la universidad, van a terminar. 
–¿Por qué tanta resistencia, entonces?
–Hay prejuicios. A nadie le interesaría medicar a un chico de 5 años. Pero si el chico es un accidentógeno y pone en riesgo la vida de otro niño o su vida todas las semanas, o si sale corriendo y cruza la calle cada vez que se le ocurre, o se sube al techo de tu casa todos los días, ¿qué hacés?
*Licenciado en Psicología y presidente de la Fundación de Neuropsicología Clínica, autor de libros sobre TDAH y ex director de Docencia e Investigación de la Fundación TDAH.
 
BEATRIZ JANIN * - Hipermedicados
–¿Cómo es el consumo de psicofármacos en niños?
–Hay una tendencia, sobre todo en Estados Unidos y otros países, a que cualquier situación vista como difícil se resuelva con una pastilla. En lugar de escuchar a los chicos, se los medica. Una de las medicaciones que más se usan es el metilfenidato (Ritalina) para el supuesto TDAH. Se suele dar a chicos que se mueven en exceso o con dificultades de concentración y cumplimiento de las tareas escolares. La medicación no mejora el aprendizaje. Lo hace estar más tiempo quieto y por ahí más atento. Después, hay que aumentar la dosis. No difiere en nada de los adolescentes que consumen éxtasis para bailar diez horas seguidas. 
–¿Existe una tendencia a sobrediagnosticar TDAH?
–No sólo se diagnostica a chicos inquietos o que desatienden o a aquellos con trastorno oposicionista desafiante por TDAH. También a chicos que están tristes y a chicos adoptados, después de los 2 o 3 años, que tienen una historia de muchas rupturas. Se suele diagnosticar a través de cuestionarios, con preguntas como: «¿Es descuidado en las tareas diarias?», «¿Habla en exceso?». El TDAH es una gran bolsa de gatos. No está demostrado que exista. Con un cuestionario no se diagnostica nada. Estos cuestionarios, que llenan los maestros y mamás y papás, son anticientíficos. Si te quiero diagnosticar, voy a hablar con vos...
–¿Cuál es el rol de los adultos en esto? Nueve de cada diez consultas se hacen a pedido de las escuelas...
–Habría que preguntarse qué pasa con los chicos de hoy, por qué una enorme cantidad están desatentos e hiperactivos en las escuelas y son rebeldes. Por qué la misma sociedad que promueve el «hazlo ya» y la hiperactividad en chicos expuestos a estímulos múltiples a edades muy tempranas, pretende que atiendan a un estímulo por vez (la voz de la maestra). Esta sociedad tiende a borrar las diferencias entre el niño y el adulto, pero cuando contestan como si fueran adultos y no aceptan las normas, los medica.
–¿Y cuáles son los efectos adversos de la droga?
–El metilfenidato no cura. Su función es paliativa. Se receta en época de escuela y no en vacaciones, ni los fines de semana. Entre otras cosas, aumenta tics, retarda el crecimiento, puede provocar insomnio y anorexia (porque contiene anfetamina) y es potencialmente adictivo.
*Directora de la carrera de especialización en 
psicoanálisis con niños y adolescentes de la UCES.
 
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